Porfi

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viernes, 18 de marzo de 2011

De La Familia.

¿Saben qué verdaderamente duele? que te definan por una cualidad.

Lucho mucho por ser auténtico. No es una tarea fácil, lo sé, pero he logrado (y estoy muy orgulloso de eso) rodearme en mi vida de personas que me reconocen como tal, como algo que simplemente sabe diferente, no único, pero auténtico. Hoy me toco que me definan por algo.

Llevo una vida siendo juzgado por una sola cualidad. Que si soy el niño bueno, el sensato, el maduro, el soberbio, el raro... ¿qué quieren? siempre siendo abstraido como una sola cosa.

En Mérida si algo apreciaba y sin embargo me causaba conflicto era que mis amigos me sintieran en un nivel que no aceptaba ciertas cosas. Que si decía "yo lo hubiera hecho diferente" me respondían "tu eres Juan, no cuentas" y así de fácil, me descartaban porque, al parecer, mi experiencia y mi manera de ser no se comparaban.

Luché mucho para bajarme de eso porque no quiero ser considerado como algo más, quiero ser alguien normal, quiero ser hombre, humano ya que ahí se da cabida para muchas cosas y yo quiero esa libertad que me promete.

La última cura no es, como dice Heidegger, "ver hacia el pasado y ver que he sido". La última cura es verme a mi mismo y decir, y saber, que soy uno del montón.

Piénsenlo, si eres uno más no rompes estadísticas, no sobresales, no averías promedios. Eres uno más, alguien que se acopla a la tasa de mortandad existente, alguien averso al riesgo, alguien no capaz de diferente que el resto. Te da seguridad, estabilidad ¿no crees? Saberte uno del montón te deja tranquilo, te hace si bien no menos alguien más, alguien que existe y se va sin más. ¿Qué bonito, no? Qué paz te deja sentirte alguien del montón, alguien que no es diferente, simplemente es igual.

Esa tranquilidad te la quitan las etiquetas. El sentir que eres diferenciable, que eres una cosa distinta que el de a lado. Ahora ya no puedes saber nada de ti. Puedes saber algo de la sociedad, de los demás e incluso del de a lado ¿pero de ti? completa incertibumbre. Qué horror.

¿Cómo le hago para sobrevivir en una sociedad que por más que yo intente, insiste en ponerme una etiqueta? Que insiste en constreñirme a un adjetivo y su idea de él y nada más. ¿De qué vale querer ser auténtico si al final no te perciben así?

Igual y soy yo que vengo de un ambiente en que la imagen, la sociedad y la impresión que dejas, importa. Quisiera pensar que estoy lo suficientemente lejos de el para decir que no me afecta pero no puedo, lo arrastro conmigo. Igual y soy yo que suelo hacerme éstas historias en mi cabeza. Igual y soy yo y mi existencialismo que no me deja escapar del valor de mis ideas. De lo que sí estoy seguro (porque me consta) es que por más que haga un esfuerzo por ser algo, no voy a ser percibido de esa manera y me va a pesar. Me va a doler.

¿Saben cuál es la última cura? Saber que no eres uno del resto, que eres un individuo que no deja de caber en la definición de hombre. Saber que existen personas que te saben lo suficiente como para distinguir lo que te hace ser tu y lo que te quita. Saber que existen personas que exigen que se te considere hombre, humano y no solo una cualidad. Saber que lograste en tu poco tiempo de vida convencer a otros de lo que tu piensas de ti. Saber que lo que eres, puede ser conocido por otros y que te consideran hombre y nada más. Que no te dan etiquetas porque tienen una imagen y una concepción demasiado amplia de tu persona como para hacerlo. Saber que existen personas cuyos ojos te revelan el paraíso y no el infierno como el de los demás.

A "los vivos" les gusta llamarle "amigos" a esas personas. Yo les llamo "familia".

No sé decir si la familia te da más bienes que males como los amigos. Simplemente no sé decir cuál te dan en mayor cantidad y calidad. Lo que sí sé decir es que familias he hecho muchas en mi vida. Si bien Dios me dio una que no pude elegir y (al parecer) no me toca más que aguantar, incluso en esa familia he podido construir una que sí eligiría. Esos son mis 2 hermanos, que son una de mis familias.

No creo en las imposiciones, creo que debemos de librarnos de ellas. No es de una mente crítica el aceptar dogmas como son "tu familia es tal y tal". Creo en la lucha de librarnos de eso y hacer nuestra propia vida como nos guste.

He hecho varias familias en mi vida. Disfuncionales, rotas, hermosas y concretas... de todos los tipos y puedo decir, que solo la familia que creas y que no dejas se te imponga es la que te permite ser hombre (con toda la libertad que la palabra implica) y eso simplemente es invaluable.

La libertad no tiene precio y es que cuando te encuentras con un grupo de personas que te la dan sin más aprendes que ahí perteneces, debes de estar a lado de esas personas que saben lo que eres y lo que no y que lo que hagas o resultes ser o en lo que te conviertas ni te quita ni te da, simplemente te permite ser.

Y para ellos, es el mundo que seas tu... Auténtico.

Gracias, familia, por percibirme tal cuál: auténtico, hombre y humano. Sin etiquetas, sin cualidades que me encarcelen, sin palabras que me constriñan. Simplemente, yo.

Gracias, familias, por estar ahí y aquí, por haberme permitido estar bajo su comprensión y por permitirme ser.

Gracias, familia, que si bien artificial (creada por mí) han sido lo que más natural se siente y en donde más perteneciente me he sentido en la vida.

Gracias.

martes, 8 de marzo de 2011

La Mirada Que Sostengo.


El infierno no es la mirada de los otros como dice Sartre. El infierno es mi propia cabeza.

Dicen por ahí que los ojos son la puerta del alma pero cuando en la actualidad se tiene un alma que está podrida, un alma muerta que ya no siente el peso de sus propios pecados, entonces ¿ventana de qué son los ojos?

Dicen por ahí que disfrutamos el sufrimiento ajeno. Prueba de eso es el morbo, la afición que sentimos al drama (tanto propio como ajeno) e incluso la gran popularidad que reciben videos en YouTube de personas que se lastiman. Nos encanta el sufrimiento ajeno pero nos da miedo.

Plantéate el siguiente escenario: Alguien te cuenta la historia de su vida y encuentras gran número de experiencias determinantes que son increíblemente similares a las tuyas. Ves como está actualmente dicha persona, los traumas y defectos que tiene y no puedes evitar preguntarte si tu tienes los mismos y en qué grado.

Le huimos a la mirada ajena por que vemos en ella el mismo infierno pero no el nuestro, el de la otra persona. Sentimos en ese momento angustia y desesperación porque al mismo tiempo, esa persona está viendo el nuestro y lo peor es que nosotros no podemos contemplarlo.

Le huimos a nuestra mirada en el espejo por la misma razón. Recuerdo cuando era chiquito, que no podía dormir si en la habitación de mi infancia la puerta del baño estaba abierta. Mi baño era un gran corredor que terminaba en un lavabo con un espejo encima. Le huía al espejo, me quitaba el sueño y me dejaba sin descanso saber que mi espejo estaba a tan fácil acceso de mí. Imaginar tropezarme con mi mirada era lo que me asustaba. Ver mi infierno, era lo que me consternaba porque de chico solía hacerlo mucho, sostenerme la mirada en el espejo y revelarme a mí mismo mis inseguridades y defectos. Nunca lo podía hacer por mucho tiempo, era demasiado difícil. Aún hoy, le huyo a mi mirada.

Cada mañana cuando salgo de mi cuarto está en mi sala una mirada que me confronta y me reta. La pintura de la Mona Lisa se ganó un lugar en mi nueva vida por muchas razones pero entre las principales era tratar de empezar el día con un poco de humildad inspirada por la mirada tan fuerte e intimidante de esa mujer. No puedo escapar sostenersela porque me persigue mientras camino por la sala, cuando voy al baño, cuando regreso a mi cuarto. Me persigue y me sabe algo.
Ella tuvo la suerte de tener a un magnífico artista que le capturara el infierno detrás de sus ojos. El espejo me revela a mí mi propio infierno pero no me quita la angustia de saber qué diablos le revelo a otros cuándo les sostengo la mirada. Una pintura, te salva de esa angustia. Ahí está plasmada tu propia mirada, la que tu conoces y tu sabes y te quita la angustia pues fue capturado a través de la mirada de otro. Esa mujer supo, mientras posaba, que le avenía una paz que quien sea que contemplara esa pintura no iba a poder tener.

El infierno detrás de mis ojos se esconde. El concepto de un lugar dónde pague por todos mis pecados, dónde sufra de manera no-humana y no tenga descanso no tiene forma, para mí, de una tortura de cuerpo, de un calor insoportable, de un eterno caminar. Tiene forma de mi propia mirada, de mi propia cabeza. En el infierno, no nos encierran en un cuarto como dice Sartre con otras 2 personas a tener que enfrentarme a mí mismo. Aún peor, me despojan de mi cuerpo para que quede solo mi alma y ésta se pueda doblar sobre sí misma y verse a los ojos y sufrir. Por siempre.

El infierno vive en mí, es mi propia cabeza. Es ese thriller psicológico, esas ilusiones que no llené, esos sueños que no perseguí, todo lo que dejé ir y no puedo cambiar y me duele y no me puedo esconder a mí mismo. ESE es el verdadero infierno. Tener que enfrentarte a ti mismo y tener que contemplar y sostener tu propia mirada por la eternidad.

Cuando le entregamos nuestra mirada directa a un extraño, generalmente es bien apreciada. Uno sabe que para revelar ese infierno y esa alma tan imperfecta que traes, es un gesto de amabilidad. No cualquier persona te sostiene en un principio la mirada con tanta facilidad, les cuesta trabajo porque tienen que ver al mismo tiempo un infierno que no entienden porque no conocen a la persona a la cuál le pertenece y al mismo tiempo están dejando que alguien más sea testigo de lo que le espera, angustiado por no saber cambia la mirada.

Lo verdaderamente interesante, es cuándo sostenemos una mirada intencionalmente. Cuándo se la damos a un amigo en la esquina dónde está el sitio de taxis y te dice "te quiero". Esa mirada, es mucho más interesante. Ya no es gentil, ya es auténtica. Ya no hay nada que esconder, ya entiendes lo que esconden mis ojos. Ya no me angustia no saber que ves, ya quiero que veas más. Ya no me intimida el infierno que me revelas, ya me fascina y me gusta. Ya no es infierno, ya es posibilidad de algo más. Ésto es lo que ve un amigo.

Un enamorado no ve el infierno, un enamorado dice otra cosa de tus ojos:

A mí me encantan tus ojos y todo lo que me revelan. Porque cuándo los veo, ya no contemplo tu infierno. Ya lo comparo con el mío y lo único que veo, es el Paraíso. Cómo me encantan tus ojos.

El infierno que escondo detrás se vuelve algo irrelevante con el amor. La cosa cuando uno se enamora es que ya puede dormir tranquilo porque ha contemplado el Cielo mismo. Basta con una probadita del cielo para poder bajar al infierno sin miedo a nada.

De verdad, qué feo es el infierno. Para eso existen los amigos y para eso existe el amor, para contemplar el drama de la vida, lo apolineo y lo dionisiaco al mismo tiempo. Solo a través de los ojos de un amigo se puede alcanzar. Qué feo es el infierno y qué fácil es no tener que vivir angustiado por él.

¿Será ese lugar detrás de nuestros ojos al que vayamos "los malos" cuándo muramos? No lo sé. Lo que sí sé es que a través de la reflexión y del autoentendimiento, deja de ser un infierno. Si existe el infierno, es como lo describí. Si existe, mejor que en vida hayas aprendido a sostenerte la mirada porque te la tendrás que sostener por la eternidad.

Mi infierno es lo primero que proyecto al mundo cuándo despierto. Es con lo cargo todos los días y de lo cuál no me puedo librar. Es también mi puerta al mundo y la puerta del mundo hacia mí. Es lo que esa mujer que vive en mi sala ve todas las mañanas y lo que la hace sonreír. Es lo que a mí me recuerda que hay que vivir sabiendo enfrentar las miradas, sabiendo contemplar los infiernos de los demás, no con morbo, sino con las ganas de apreciar toda su belleza.

El infierno no son los ojos de los demás. El infierno se esconde detrás de mis propios ojos. Los de los demás, son los suyos y son simplemente el memorandum constante del destino de lo que me espera y lo que cargo conmigo.

Aún hoy, me dan miedo los espejos. Aún hoy, le huyo a mi mirada. Aún hoy, me intimidan mis propios ojos y lo que me dicen a mí de mí. Quizá lo que más me da miedo es la posibilidad de sostenerla y descubrir la nada, porque también hay esa posibilidad y esa es una que no sabría soportar. La nada detrás de mis ojos es el miedo con el que vivo cada vez que veo un espejo.

Pronóstico de la semana: Aprender a sostenerme la mirada.